1 de enero de 2005
Unos llamativos aretes hechos con plumas de colores llaman la atención de una joven en el mercado artesanal la Mariscal. En pocos instantes descubre casi en todos los puestos uno de estos coloridos ejemplares.
Continúa caminando, ahora llega a la sección de ponchos, bufandas, carteritas, blusas, y otras cosas de algodón. La posible cliente se ve confundida, cada puesto parece el reflejo de un espejo del local anterior o de en frente.
La muchacha pierde el interés y se marcha, pero nosotros seguimos nuestro recorrido.
Al fin, vemos el primer almacén con productos diferentes y al parecer únicos. Se trata de pinturas en vidrio y también de aretes, botellas, y cuadros elaborados con una resina especial traída de Argentina.
Paso a paso por cada uno de los pasillos del artesanal de La Mariscal el panorama es singular, al menos en el caso de los aretes los diseños varían, pero lo autóctono brilla por la ausencia.
¿No tiene un par de esos aretes usted? ¿Su hermana, prima, tía, o a lo mejor su vecina?
¿Qué pasó con los artesanos? ¿Aquellos que tardaban dos o tres meses en hacer una pieza, respetando cada una de las técnicas tradicionales y de las que usted poseería un ejemplar único?
En los últimos años, la artesanía popular de nuestro país ha perdido el nivel técnico, los motivos simbólicos y los rasgos particulares de las etnias, sino recuerde la pulsera de Jade que se puso de moda con la telenovela el Clon. Y la vendían aquí mismo en nuestro mercado artesanal.
Podemos acusar a esta nueva generación de artesanos de haber dejado de lado la tradición, pero estaríamos olvidando el sistema económico en que vivimos.
Donde si usted no produce se muere de hambre.
Y donde, con palabras de Magdalena Sniadeka, investigadora de Otavalo en un proyecto de la Universidad polaca Adam Mickiewicz, “los verdaderos artesanos con “A” mayúscula, en vía de desaparición, gente muy mayor” viven casi en la indigencia, mientras los artesanos jóvenes hacen productos más baratos y tienen buenas condiciones económicas.
Pero Jorge Pérez, egresado de la facultad de artes de la Universidad Central hace aproximadamente 23 años, quien vende prendas bordadas de algodón y figuras talladas, dice: “la tradición no se está perdiendo, pasa que cada vez hay menos personas dedicadas a hacer artesanías.
Si trabajo dos meses en una pieza, es más el tiempo que pierdo, que lo que gano, porque este es un trabajo de mucha paciencia. De que nos gusta la artesanía, nos gusta, pero económicamente hablando no sale muy productivo”.
Otra cosa que llama la atención en los puestos del mercado artesanal es que muchos venden productos traídos de Perú, Colombia, Argentina, Chile, incluso Malasia, África y la India.
De veinte puestos encuestados al azar en el mercado artesanal de La Mariscal 12 trabajan en exclusiva con productos nacionales; de estos, cuatro venden únicamente productos elaborados por ellos y sus familias. Y de los veinte, cinco se dedican a la artesanía por vocación.
Opina un experto en el tema
Dimitri Madrid, profesor en la facultad de Comunicación de la Universidad Politécnica Salesiana, encabezó varios proyectos de investigación sobre artesanía en el Instituto Andino de Artes Populares del
Convenio Andrés Bello (IADAP).
Madrid manifiesta que los productos del Mercado Artesanal son una alternativa y que se debe tomar en cuenta que “la materia prima proviene en su mayoría de acá, de los países del convenio Andrés Bello”, además, “al ser reinvertidos el dinero se queda aquí; no es el caso de las transnacionales donde la venta de los productos sale afuera”.
El especialista señala también que los productos de la Mariscal son casi de venta directa sin intermediarios que generan precios excesivos de la artesanía.
Por ejemplo, un sombrero de paja toquilla en Cañar lo conseguimos en 5 dólares, al ser traído a Quito cuesta 7, si se lo lleva a Caracas sube a 14, en isla Margarita ya cuesta 21, y si se traslada a Europa tiene un costo final de 40 dólares.
Recomienda la confederación de los artesanos para evitar estos procesos y también para exigir leyes claras para su sector, pues un estilista es llamado también artesano.
Para Magdalena Sniadeka la artesanía no se está perdiendo sino que “ha pasado a una siguiente etapa de su desarrollo. El florecimiento de Otavalo lo demuestra”.
¿El cliente siempre tiene la razón? Al menos en lo que el requiere, sí.
Sofía Aguilar, recorría los pasillos del artesanal del lado de la calle Reina Victoria, al inicio de nuestro recorrido, finalmente en los locales de cercanos a la Juan León Mera se decidió por unos aretes de tagua.
“Me gustan porque son diferentes, hay algunos modelos que son muy comunes, pero buscando se encuentra cosas con diseños originales”.
La carcelera y un economista que gana más como artesanoA lo largo de nuestro recorrido encontramos algunas historias interesantes, les contamos dos.
- Freddy, quien no quiso dar su apellido, vende pulseras en el local 44. Hace más de treinta años que se dedica a trabajar el grabado en cuero, y también a elaborar algunos productos con este material, como billeteras.
Este hombre de 45 años, es también odontólogo, “la artesanía y la odontología son lo mejor que he tenido”, evoca con emoción. “Ejercía en el ministerio de Salud, pero pagan poco, me dedicó de lleno a esto”, concluye.
Al quedar en la orfandad aprendió el oficio de su tío para subsistir. Lo que más recuerda de sus años de ventas por las calles de Quito, antes de la construcción de La Mariscal, es: a la carcelera.
La carcelera era el terror de los artesanos de la capital, era una camioneta con un cajón de metal en la parte posterior que tenía en las puertas apenas dos ventanas con rejas.
“Mostrábamos las cosas en un paño, cuando veíamos a los policías, cogíamos de cada esquina y a correr; a veces la carcelera se llevaba algo o a nosotros”, con una sonrisa de nostalgia dice que la artesanía le ha dejado experiencias únicas como esta.
- Julio Burbano, egresó como Economista hace ya mucho tiempo de la universidad Central. Nos mira y pone sobre un taburete de madera su instrumento para hacer corta la tarde: un libro de metafísica.
Trabajaba como profesor de Economía en un colegio de Quito, de cuyo nombre no se acuerda, o mejor dicho no se quiso acordar. Pasaron los años, y los directivos decidieron despedirlo, por eso y sólo por eso: su edad.
Hoy a sus treinta y siete años, se dedica a la artesanía gracias a la enseñanza de su hermano, que dice Julio es un maestro en Artes que estudió en Chile e Italia.
“Ganaba 150 dólares mensuales, trabajando para mi hermano, que es el dueño de este local, gano 400 mensuales. Y hasta tengo tiempo para leer” bromea Julio.
Ana Robayo